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LA PITUFINA

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UN COCHE SIN DUEÑO

Por la carretera avanzaba un coche divino. Con ese porte de dios metálico lucía unos colores casi metafóricos en fucsia y azul oscuro que refulgían en el asfalto bajo el tórrido sol de agosto.

Ver un coche de esas características en un barrio mediocre de la ciudad no era muy corriente y eso hacía que pareciese una fiesta para todas las miradas que desviaban sus hálitos de asombro hacia las ruedas y engranajes de película.

A través del cristal delantero, el conductor también como en una película, llevaba el brazo posado en la ventanilla y miraba de reojo tras unas gafas de sol negras último modelo, al más puro estilo peliculero y actual.

En aquel barrio no solían circular demasiados coches, por lo que aún llamaba más la atención ver semejante espectáculo de colorido y velocidad. Y como si el ocupante que conducía y hasta el mismísimo coche supieran la polvareda de asombro que estaban levantando, frenaron casi enseguida en el primer rincón que aparecía libre entre las calles.

Al abrir la puerta salió, asombrosamente, un tipo de estatura más bien pequeña y, para mayor sorpresa y regocijo de los envidiosos que miraban la escena, tenía unas piernas cortitas y desproporcionadas del resto del cuerpo. Esto fue el remate de la película para los que sin mediar gesto ni palabra habían parado a observarlo todo. Alguien, incluso, pasó de la decepción al sarcasmo y se dijo que, “bah, nunca nada es lo que parece”.

Pero aquel tipo pequeño no se dio por aludido. De hecho, ni siquiera miró a sus espectadores y avanzó, llevado por sus piernas particulares y un tanto arqueadas. Cuando vio un bar de grandes puertas de madera, anunciando que en su interior había buena cerveza, empujó de sopetón con la mano una de sus puertas, que se abrió como la hoja de un libro, rechinando entre láminas de viruta y bisagras.
Pensó que para anunciar buena cerveza, aquel local adolecía de la personalidad adecuada. No obstante, pidió una mientras se ajustaba las gafas de sol. Apoyó el brazo encima del mostrador mientras el barman se disponía a servírsela. Al otro lado de la barra, aquel cliente tan raro fumaba un cigarrillo que sujetaba al descuido con una mano metálica de color gris. -Vaya, -pensó- este tipo tiene piernas y manos de catálogo. Se rió por lo bajo hacia sus adentros durante unos segundos pero luego pensó que no estaba bien reírse del mal ajeno, ante lo cual siguió su faena. Ahora pensaba que era afortunado a pesar de no tener un coche como aquel que estaba aparcado al ras de la puerta de entrada. En cambio, gozaba de robustas piernas y manos grandes y morenas. Se sintió magnánimo, y le invitó a una cerveza. El cliente le dio las gracias con una voz metálica igual que la mano, y pidió otra con una sonrisa plena en dientes desiguales que inquietaron sobremanera al impávido barman.

Le sirvió otra cerveza y no le invitó. Se sentía molesto por algo y se puso a limpiar la barra, pero ahora no le apetecía silbar. Fregó los vasos también. Luego fregó los botelleros, la cámara frigorífica. Y. el tipo seguía allí, parado en el mostrador, con la cerveza agarrada con la mano de metal, sin soltarla, sin beberla, sin hablar.

Ya había pasado más de una hora. Se armó de valor y le preguntó si necesitaba algo. Lo hizo sin mirarle directamente, disimulando que lo hacía pero el tipo no respondió. Seguía allí de pie, absorto y mirando la cerveza, con su mano de metal aferrada a la jarra de cristal que rebosaba la cerveza sin probar.

No contestó y ya, directamente, le miró de frente. Tenía las gafas de sol más negras que el ébano. Impertérrito, no se inmutó ante la mirada tan directa. Al contrario, siguió en mutis total.

Llamaré a la policía, -pensó- pero tras meditarlo unos instantes optó por no hacerlo. Se reirán de mí y las risas sobre esto no me dejarán vivir el resto del año –se dijo a sí mismo- Ya sé lo que haré. Le quitaré las gafas para ver si tiene los ojos cerrados o abiertos, pondré mis manos junto a su nariz, para ver si tiene calor y respira y después obraré en consecuencia. Dicho y hecho.

Cuando le quitó las gafas, sus ojos estaban abiertos, y eran de un color azul oscuro, como el de su coche, brillaban metálicos, fijos en la cerveza. Armado de valor, rastreó su aliento, su calor, pero no respiraba, parecía una mole de hierro. Petrificado, no supo qué hacer. Entonces, sin apenas esfuerzo, dedujo que aquél no era un hombre como dios manda. Era una mala imitación, estaba clarísimo. Alguien se había divertido haciendo un muñeco de grandes dimensiones y dotándole de diversas habilidades que él no acertaba a comprender. Pero el misterio residía ahora en adivinar cómo podía un muñeco beber cerveza mientras conducía un coche maravilloso como aquél. Bueno, -pensó- creo que la cerveza le ha sentado bastante mal a sus circuitos- Comenzó a tomar aplomo y se sintió orgulloso de sus afortunadas cavilaciones y decidió, rápidamente, lo que haría con aquella situación.

Le tomó las gafas y se las puso él. Se contempló en un espejo que había al otro lado del mostrador, entre las botellas y se vio guapo e interesante. Sonrió feliz. Le tomó por la cintura y lo arrimó hacia sí, pesaba como una losa. Lo llevó al otro lado del mostrador y le sentó en un taburete, apoyándole con cuidado contra la pared. Le desvistió superficialmente y le vistió con sus vestimentas de barman. Investigó su cazadora de cuero y palpó en los bolsillos: unas llaves, una documentación, varias tarjetas de crédito y una libreta de direcciones. También tenía un móvil. Se puso todas esas cosas encima y salió a la calle.

Fuera, todavía quedaban algunos de los curiosos que querían ver el espectáculo, aunque la mayoría se habían ido ya, aburridos y quemados por aquel sol de justicia que no les dejaba disfrutar de la ansiada contemplación.

Al salir, alguien dijo: “tiene las piernas cortas más largas”. Unos se rieron, otros acabaron insultándose y ninguno prestó la debida atención al coche que se iba ronroneando por la carretera, directo a la primera autopista que le llevara lejos de las miradas insustanciales que no sabían que los coches divinos estaban hechos solo para los dioses.

 

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